Ir al contenido principal

RELATO: Reparador

¡Muy buenas amigos que hoy os pasáis por este nuestro blog!

Hoy os traigo un nuevo relato, también producto de otro reto propuesto por el grupo de escritores en el que ando metida. En esta ocasión, he escrito sobre uno de los personajes más simbólicos de mi libro, el primer rey y fundador de Belikehim, Yogan I. Con motivo de la precuela de El Brillo Azul, empecé a pensar en incluir pasajes sobre las aventuras de Yogan I, quien siglos después es tratado como un Dios, al más puro estilo de Rómulo y Remo.

Espero que disfrutéis y me comentéis vuestra opinión. También daros las gracias por el buen recibimiento del anterior relato :) 

--------------------------------------------------------------------


—Extraído de Nacido del Volcán, libro sagrado que narra los acontecimientos de cómo Yogan I llegó a ser Rey y fundador de Belikehim



Su Excelencia, Yogan Nacido del Volcán, Legislador de la emergente ciudad de Belikehim, Portador de la prosperidad y de valores ajenos a toda maldad, se alzaba con su ejército ante la ciudad de Vermidia.

    Los valerosos hombres y mujeres que lo seguían habían recorrido una gran distancia desde Belikehim hasta las puertas del enemigo. Durante su travesía, atravesaron el este de la Llanura de Belk para continuar hacia el sur por las Montañas Escarpadas de Sir Laudem. A pesar de que Yogan hubiese escuchado palabras desesperanzadoras antes de emprender su viaje, había resultado victorioso de todas las batallas hasta el momento. Allá por donde pasaba, el fundador de la ciudad en el corazón de Belk hacía amigos y ganaba el apoyo de las poblaciones, dispuestas a ceder hombres, suministros y armas. 

    Precisamente allí, en las colinas frente al enemigo, Vermidia, reunió a todos sus efectivos, desde los que lo habían acompañado en sus primeras contiendas hasta los incorporados la noche anterior. Filas y filas de soldados equipados con puntiagudas lanzas se extendían por un terreno semidesértico cuya vegetación más abundante era el esparto. A simple vista, podrían haber sido miles de hombres.

    Yogan marchaba frente a sus hombres antes de la batalla.

    —Sabéis por qué estamos hoy aquí —comenzó su discurso, entonando su poderosa voz para que los que estaban al fondo también pudiesen escuchar —. Me siento honrado de que todos y cada uno me hayáis acompañado en esta lucha tan importante para mí y para todos los habitantes de este continente. Ante esta ciudad de Vermidia, no puedo sino recordar a aquellos que han muerto para pararles los pies a los gobernadores injustos e ingratos que legislan estas tierras —dio media vuelta para quedar de cara a la ciudad amurallada —. No podéis ni imaginar la desdicha que traerá Vermidia si permitimos que se queden con nuestra honrosa Belikehim. Pero para eso hoy estamos aquí.

    Los soldados clamaron victoria con las lanzas levantadas al cielo.

    —¡Así es, estimados valientes! —Yogan alzó el puño y siguió en tono militar —Hoy traeremos justicia a nuestra nación. No vamos a consentir que el rey Puilem III nos engañe a todos para quedarse con nuestros hogares. No le permitiremos entregar a su hija Aleia para ampliar su territorio. ¡Hoy traeremos justicia y le arrebataremos Vermidia! Y una vez hayamos tomado posesión de su ciudad, fundaremos el grandioso Reino de Belikehim, el más grande que jamás haya existido. 

    El magma que cubría parte de su piel se iluminó como si la acabara de escupir el mismísimo Volcán del Este, cuna de Yogan. Aquello era lo que conllevaba la subida de pulsaciones previa a una batalla. Su ejército se transformó en una marea de gritos de júbilo, himnos de guerra y golpetazos en el pecho. El legislador de Belikehim reaccionó con una amplia sonrisa.

    —Kau, ven aquí —me ordenó Yogan con un gesto amable —. ¿Has escrito todo lo que he dicho ahí? Estas palabras serán importantes en el devenir de nuestro pueblo.

    —Así es, su Excelencia —respondí mostrándole la hoja de mi cuaderno de guerra, cubierta de arriba a abajo por texto y más texto.

    —Puedes abstenerte de formalismos —me guiñó uno de sus ojos amarillos —. Después de todo lo que hemos pasado desde que partimos de Belikehim, puedes considerarte mi amigo.

    Mi corazón palpitó emocionado.

    —Es un honor… Yogan —por mucho que insistiera, llamarle así todavía se me hacía raro.

    —Necesito tu ayuda para una cosa —de entre todos sus soldados, avivados por la emoción de la batalla, señaló a un chico que no aparentaba más de catorce años —. ¿Ves a ese chaval de allí? Creo que no le está sentando muy bien esto de la guerra.

    Afiné mi visión para comprobar a aquel muchacho, que se había quedado petrificado. Un par de lagrimones caían por sus mejillas, pero no por ello el agarre de su lanza se desestabilizaba. La túnica verde amarillenta que vestía por encima de la cota de malla lo identificaba como un lugareño de la aldea Maíh. De ella, Yogan había ganado unos cuantos soldados. Él era uno de ellos.

    —Vamos a ver qué le pasa, aunque he visto esto tantas veces que ya me lo puedo imaginar. 

    Su Excelencia caminó hacia él mientras hacía ondear la elegante capa roja que cubría su armadura de hierro oscuro. Cuando el chico vio que Yogan se acercaba a él, quedó paralizado como si hubiese visto a un fantasma. Era algo que ocurría a menudo la primera vez que alguien lo veía, puesto que su considerable altura y porte regio impactaban a cualquiera.

    —Muchacho —Nacido del Volcán lo tomó por los hombros, cerciorado de que el chico no apartaba su mirada de él —, ¿a qué se deben las lágrimas en tus ojos de cristal? 

Aquel maihí no respondió, intimidado por el aspecto de Yogan. Su mirada recorrió las botas de cuero hasta el rostro desaliñado, producto de aquel viaje bélico que ya estaba durando demasiado. El pelo rojo fuego caía por sus hombros, muy largo para el gusto del legislador, quien se había rasurado la barba hacía pocos días, en cuanto había podido. Las pocas heridas que había en su rostro estaban casi cerradas en forma de cicatrices, tatuadas para siempre en su piel como recuerdo de la guerra por la libertad del pueblo de Belikehim.

—No debes temerme. Soy un humano igual que tú, a pesar de que veas magma por mi piel —se señaló una zona del cuello, a rebosar de aquella peculiaridad —. Soy Yogan, Legislador de Belikehim y este es mi cronista, Káulin de Villa Azor. ¿Cuál es tu nombre?

El chaval tragó saliva visiblemente, todavía atemorizado.

—Se llama Virraír —dijo un soldado al lado de él, también vestido como los que venían de la aldea Maíh —, aunque en el pueblo lo solemos llamar «Cristalito», porque cada vez que le pasa algo malo, se rompe como un cristalito. 

La expresión de Yogan se ensombreció al escuchar eso.

—Virraír, acompáñame a hacer una cosa —lo tomó del brazo para llevarlo consigo —. Káulin, puedes venir con nosotros.

El Cristalito seguía a Yogan con desconfianza. El legislador caminaba junto a él por la explanada frente a la ciudad de Vermidia, de la que ninguno apartaba la mirada. A sus espaldas, tomaba nota de la conversación que mantenían:

—¿Qué es exactamente lo que te tiene aterrorizado? —preguntó Yogan con una voz cálida y reconfortante —¿El dolor? ¿La muerte? Si lo que temes es el dolor, no hay más que ver que siempre va a ser soportable. Y si no lo es, ese dolor no durará mucho, puesto que estarás muerto.

El chico se estremeció con aquellas palabras.

—Ahora bien, si lo que de verdad temes es la muerte, no tienes nada de qué preocuparte. Una vez lo hayas hecho, no tendrás que pasar por ahí una segunda vez. 

Yogan detuvo su andar con su mirada penetrante fija en la ciudad.

—No es eso, su Excelencia —el Cristalito abrió la boca por primera vez, dejando a su voz fina y hasta femenina el honor de ser escuchada —. Esta es mi primera guerra, y temo que mi falta de experiencia provoque la ruina de todo vuestro ejército. Tenéis que salvar vuestro pueblo, y no quiero ser un lastre en el devenir de vuestra misión. 

El joven se vio sorprendido por una repentina acción del legislador, quien se agachó para quedar a la misma altura que él y lo tomó de ambos hombros.

—Escucha, Virraír —pronunció alto y claro —: esta no es mi misión. Es la de todos nosotros, quienes buscamos un futuro mejor alejado de las garras del poder de Vermidia. Tú también formas parte de esto, y ni por asomo yo soy más importante que tú para que salga bien. Mientras estés a este lado del campo de batalla, puedes estar seguro de que nada malo te va a ocurrir. Por otro lado —esbozó una sonrisa traviesa —, eso de la experiencia tiene muy fácil solución. Káulin, pásame tu palo de madera.

Solía llevar un bastón además de un pequeño puñal para defenderme en el campo de batalla. Su Excelencia tenía la costumbre de pedírmelo de vez en cuando para entrenar a sus efectivos más novatos.

Se la tendí y al instante Yogan se puso en guardia.

—Muéstrame lo que mejor sepas hacer —dijo justo antes de emprender un ataque hacia el chico.

Nacido del Volcán no se vio sorprendido cuando el muchacho paró ese primer movimiento con el asta de su lanza. La suma rapidez con la que actuó no era propia de un novato poco acostumbrado a entrar en conflictos bélicos. Mantuvieron el choque, sus fuerzas igualadas y los dientes apretados.

Yogan sorprendió a Virraír con una nueva acometida hacia sus piernas, que representaban un punto flaco a nivel defensivo. Por segunda vez, el chico paró el golpe, provocando una sonrisa satisfecha a su contrincante. Fue entonces cuando el Cristalito tomó la iniciativa con el siguiente movimiento, ágil y preciso.

A decir verdad, él no tenía nada que envidiarle a un soldado ya experimentado. La potencia de sus golpes era más que considerable y también tenía el suficiente ingenio como para sorprender a Yogan con sus imprevisibles ataques. Nunca lo habría esperado de alguien que pareciese tan poca cosa. 

Sin embargo, ahí había gato encerrado.

Unas chispas como las que se dejaban ver sobre los ríos de lava envolvían la pelea. Del magma incrustado en la piel de Yogan subía un denso humo, y tanto sus ojos como los del Cristalito brillaban en un tono rojizo. Aquel era el famoso poder que se infundía en los acompañantes del legislador de Belikehim. Aquel era el poder que había hecho ganar en tantísimas ocasiones y que lo había traído a las puertas del enemigo.

Atraídos por la intensidad de la contienda, muchos soldados del ejército se agruparon en torno a los dos combatientes. Por mucho que siguieran peleando, no parecían cansarse. La emoción que ambos desprendían influyó al público, quienes gritaban palabras de ánimo.

El Cristalito, lleno de poder por el dominio de Nacido del Volcán, acertó una increíble estocada de lanza que llegó a arañar parte de la capa que llevaba su Excelencia. Los soldados ahogaron un grito al ver esto. Yogan se protegió de los sucesivos ataques a los que se enfrentaba, pero decidió que ese entrenamiento había durado ya mucho cuando tumbó a Virraír con un único golpe en el vientre.

—Bien luchado, joven —dijo Yogan dejándolo levantarse —. Creo que en la batalla que se avecina yo tengo más peligro de resultar herido que tú —palpó con nostalgia la deshilachada costura de su capa —. Acepta con honor ser el primero que me ha roto alguna prenda.

La mirada del Cristalito, todavía llena del poder del volcán, no se parecía en nada a la que tenía antes de enfrentarse a Yogan. El chico esbozó una sonrisa orgullosa y caminó junto a otros efectivos de su misma aldea hacia el campamento, seguramente para buscar agua. 

El resto de soldados se desintegró en cuanto vieron que la lucha había terminado, por lo que Yogan y yo fuimos los únicos que quedamos. 

—No hay nada mejor que una buena pelea para subirle los ánimos a un joven desamparado —dijo llevándose una petaca a los labios —. Ese chico lo hará bien cuando partamos a Vermidia.

—De eso no tengo duda.

—¿Sabes qué? —me tendió mi bastón de vuelta —Toda esta situación me ha recordado a cuando tú y yo nos conocimos. 

—Estaba incluso más aterrorizado que él. 

Ambos reímos al hacer memoria.

—Y ahora eres el que apunta todo lo que hago —dijo y empezó a andar en dirección al campamento —. Pero no nos entretengamos con más batallitas. Tenemos que preparar la ofensiva de mañana. 

—A sus órdenes, Excelencia.

Yogan me dirigió una mirada irónica, en parte oculta por su melena roja.

—Déjate de formalismos, anda. 



Comentarios

  1. Pinta bien la precuela. El Legislador me cae super bien :3

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mil gracias! Ya verás cuando leas el libro la importancia de este personaje y las consecuencias históricas y políticas que tiene en el mundo que he creado.

      Eliminar
  2. Me gustan los nombres de los lugares, se siente vivo esto. Tocó leerse el brillo azul.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, es un honor que te haya despertado curiosidad por el libro!

      Eliminar

Publicar un comentario