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RELATO: El Boceto de un Cuervo

¡Muy buenas a todos los internautas que hoy se pasan por este nuestro blog!

Esta entrada es muy especial para mí, puesto que hoy os enseño un pequeño relato que he escrito. Lo he titulado "El Boceto de un Cuervo", ya veréis por qué. Se trata de un reto de un grupo de escritores en el que estoy metida, donde cada mes nos proponen temas para crear relatos. La temática para este era "La vuelta a clases". Ya veréis cómo le he dado la vuelta para hacerla mía.

Espero que os encante y que dejéis vuestras opiniones al final.

¡Disfrutad!

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Se suele decir que la luz de un nuevo día es el inicio de una nueva historia, una oportunidad para intentar ser un poquito mejor, la apertura del telón que marca otro capítulo en la vida de uno mismo. Hay a quienes esto les motiva para afrontar la realidad con mejores ánimos. Ojalá poder decir algo similar. 

        Porque despertarme por las mañanas siempre se me hizo un infierno.

Mis motivos tenía, supongo. Recuerdo todavía el olor a humedad y el tono grisáceo del cielo aquel día de septiembre. El verano había sido árido, inhóspito y hasta sofocante, pero el otoño ya estaba a la vuelta de la esquina para cuando caminaba cabizbajo hasta la puerta de mi instituto. La lluvia azotó la ventana de mi habitación durante todo el día anterior, como un recordatorio de lo que estaba por venir.

Mi desapego, por llamarlo de algún modo, respecto al instituto, estaba más que justificado. Desde que tengo uso de razón, mis compañeros habían hecho de mis años académicos un suplicio. Apenas tuve conciencia de mí mismo, los otros niños se burlaron de mí por cualquier razón que se les cruzase por la mente. Algunos días era que llevaba el pelo apelmazado, otros que llevaba la mochila entreabierta… Pero sobre todo era porque, en vez de divertirme con rudas actividades como dar patadas a un balón en el recreo, prefería dibujar pájaros y plantas en una esquina del patio. Se me hacía tan absurdo que ni siquiera llegaba a comprenderlo. Sólo de pensarlo mientras caminaba hizo que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.

Pero lo peor había ocurrido el año anterior. Cuando uno es adolescente, las hormonas hacen que hasta el tío más inteligente se vuelva un auténtico inepto. Pues algo así le pasó a todos mis compañeros de clase. Yo estaba, como todos los días, en mi esquinita sin hacerle daño a nadie. Un cuervo se había posado en el alféizar de la ventana de unos edificios. Era una de mis aves favoritas, y mi impulso por querer traducir la realidad con trazos en un papel me hizo ponerme a dibujar un pequeño boceto. Mi lápiz repasaba una de las alas negras del pájaro para cuando uno de mis compañeros de clase, Pablo, me arrancaba la libreta de mis quebradizas manos.

—¡Vaya! —exclamó rodeado de sus amiguísimos Álex y Ricardo —Ya tenemos por aquí a Manuel pintando movidas.

Sus risas mientras pasaban página tras página retumbaron en mis oídos como si se hubiera explotado una bomba en el túnel de un metro. No contentos con ello, se dedicaron todo ese recreo a burlarse de mis dibujos con prácticamente todo el instituto. Ya sabía yo que no era Murillo, ni Picasso, ni Dalí. Tampoco lo pretendía. No era el mejor dibujante, pero dibujar calmaba mi alma y me permitía tener un lugar en el que ser un poco más feliz. De algún modo, me hacía sentir acompañado en mi soledad. No hacía falta ese ensañamiento.

—Oye, creo que ya os habéis entretenido lo suficiente —dije en el tono más tranquilo que me salió —. Devolvedme eso y vosotros seguís con vuestra movida, creyendo que sois Messi, ¿vale?

Pablo y sus acompañantes respondieron con una carcajada estruendosa.

—¿Qué? —cerró de pronto la libreta y me miró desafiante — Si es que nos gustan mucho tus dibujos.

Lo dijo con tanta sinceridad que hasta yo me lo creí. Por eso mismo es por lo que me asusté tanto cuando lo vi sacar un mechero de su bolsillo y encenderlo. Vi cómo la llama rozaba la tapa roja del cuaderno. El rostro siniestro en el semblante de Pablo era casi como ver al mismísimo diablo.

—No te atreverás —dije dando un paso adelante, a lo que él alejó el cuaderno situándolo por encima de su cabellera dorada —. Más te vale que me lo devuelvas ahora mismo, imbécil.

Ricardo, quien a diferencia de sus dos amigos era mucho más corpulento, me empujó haciéndome retroceder lo que había avanzado.

—¿Pero quién eres tú para insultarle así? —me espetó con tanta fuerza que hasta unas repugnantes gotas de saliva impactaron contra mi cara.

—Déjalo, Rich —incluso utilizando uno de sus motes ridículos, Ricardo paró, obediente como un perro —. Total, se le va a hacer muy difícil quitármelo cuando no sea más que cenizas. Piensa en positivo: igual nos sirve como abono para las plantas que dibujas. 

Aquellas palabras me sentaron como una puñalada trapera. Sin pensármelo demasiado, intenté coger la libreta dando un salto cerca de Pablo, lo cual fue en vano. No le tembló la mano al pegarme una bofetada en la mejilla tan fuerte que me dejó noqueado contra el suelo. El dolor se me subió a la cabeza mientras escuchaba las carcajadas de más de quince personas al mismo tiempo. Para rematar la faena, Álex tiró de la corbata de mi uniforme para hacerme mirar cómo Pablo acercaba lentamente el fuego a mi libreta.

—Ahora, si me disculpas… —compuso una retorcida sonrisa en su rostro.

Las lágrimas de frustración se derramaron por mi dolorida mejilla, y noté todo mi cuerpo agitarse cuando ya veía cómo el blanco de la página se tornaba a un color mucho más oscuro, como el de los pergaminos antiguos. Casi me dolió más ver cómo el papel sucumbía al poder del fuego que el golpetazo que me había dado hacía unos instantes. A mi alrededor, todo el mundo reía encantado. 

Y yo era el único que lloraba. 

—¿¡Qué hacéis!? —una voz interrumpió el coro de risas de un momento a otro, y una figura femenina se interpuso en mi visión nublada por las lágrimas. Álex me soltó y me dejó nuevamente en paralelo al suelo.

Cuando me limpié los ojos, quedé aún más impactado si cabe. Era Sara, una de las chicas de la clase de enfrente. ¿Qué estaba haciendo ella allí?

—¡Basta ya con todos vosotros! —Pablo no opuso resistencia cuando ella le quitó la libreta —Cada vez que os veo, estáis dándole el día al pobre Manuel. ¿Qué os ha hecho para que cojáis sus cosas y las intentéis quemar? Estáis enfermos.

La osadía de esa chica me había dejado anonadado. Todo el mundo parecía pensar lo mismo, porque hasta el propio Pablo se quedó como si le hubiese comido la lengua el gato.

—Em, esto… ¿perdón? —la expresión de diablo asesino se vio reemplazada por una de cachorro indefenso. 

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó indignada —Mira, que no me quiero cabrear más. ¡Marchaos de aquí y dejadlo en paz, venga!

A Sara no le hizo falta levantar más la voz para que la obedecieran al segundo. No pude evitar escuchar los lamentos que murmuraba Pablo con su grupito de amigos. Aquello que estaba pasando era tan surrealista para mí que no me lo llegaba ni a creer.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos al ver cómo la chica se dirigía a mí con mi libreta en la mano.

—Cógela, que es tuya —dijo mientras me la tendía y miró hacia donde se habían ido los demás —. A ver si así te dejan en paz un rato…

Todavía me temblaba la mano cuando fui a coger el cuaderno.

—Eso da igual por ahora —le dirigí la mejor de mis sonrisas —. Eso sí, voy a tener que ir pensando en qué le voy a decir a mi madre cuando vea que me he ensuciado el uniforme.

Sara soltó una leve risa por mi comentario.

—Eres gracioso, ¿sabes? 

—«¿Ah, sí?» —pensé —No lo sabía —me rasqué el pelo negro, nervioso —. P-Por cierto, gracias por todo.

Me sorprendí aún más cuando vi que ella se colocaba a mi lado, algo cerca de más, en mi opinión. Nunca había hablado con ella, sólo la conocía de vista de haberla visto por los pasillos y conocía su nombre porque a veces se juntaba con otras chicas de mi clase. Pero ni por asomo me imaginaba yo ese acercamiento por su parte.

—No entiendo por qué se estaban riendo —comentó al tiempo que abría el cuaderno por la página en la que dibujaba el cuervo en el alféizar —. Está genial.

Aquello hizo que me diera un vuelco en el corazón. Nadie en mis cortos años de vida me había comentado algo positivo respecto a mis dibujos. Tampoco pretendía enseñarlos, puesto que cada vez que algún compañero los veía sólo escuchaba estupideces o comentarios desafortunados.

—G-Gracias —respondí sin apartar la vista de ella.

Desde entonces, esos idiotas no volvieron a traspasar la frontera del campo de fútbol con el resto del patio. Era todo un alivio estar a mi bola sin que nadie me molestase, por supuesto. Pero lo que era más gratificante es que, a veces, ella venía a ver qué estaba haciendo, siempre con su radiante sonrisa en la cara. Los días en los que podía hablar con Sara aunque fuera un cuarto de hora eran los que más había disfrutado en toda mi etapa estudiantil, y cuando caminaba de vuelta a casa, no podía apartar mis pensamientos de ella. 

Hacía un tormentoso día, y fui a refugiarme de la lluvia en el porche de uno de los edificios del instituto. Mi mano dibujaba frenética una recreación del patio del instituto. Estaba poniéndole empeño a la hora de retratar los charcos de lluvia, salpicados por las gotas de agua, que caían incesantes. 

Pero entonces, ella entró en mi campo de visión. 

Acompañada por sus amigas, Clara y Lucía, fue corriendo a refugiarse en el mismo porche en el que yo me encontraba. Me las había presentado hacía unas semanas, y la verdad es que me caían bien. En una ocasión en la que hablaba con ellas, pude ver cómo el grupito de Pablo miraba mientras murmuraban cosas que, por su expresión, deduje que no eran del todo positivas. Algo me decía que estaban un poco escocidos desde que no era un completo marginado. 

Aparté mi mirada de los charcos del suelo para posarla en Sara, que hacía comentarios jocosos con respecto a tener que refugiarse de la lluvia. Irradiaba alegría allá por donde pasara.

Y entonces, ocurrió lo inevitable.

Abrí el cuaderno en una página en blanco y comencé a retratarla rasgo por rasgo. Su cara fina, su cuerpo esbelto y atlético, ojos color avellana, sonrisa reluciente… Pero lo que más me gustaba era su largo y frondoso cabello negro brillante, como un cristal de obsidiana. Joder, si es que hasta el uniforme del instituto, que era más feo que un frigorífico por detrás, le sentaba bien.

Mis trazos resultaban ligeros sobre el papel, y por un momento, me creí Leonardo DiCaprio cuando en Titanic dibujaba a Kate Winslet. En aquel instante, sentía que era un pintor de renombre inspirado por su musa. No resultó difícil que el boceto fuera bello, puesto que ella en sí misma era belleza y arte en estado puro. 

Era tal mi grado de inspiración y fijación por aquel retrato que ni siquiera me percaté de que ella estaba viniendo hacia mí.

Hacia mí.

Cerré lo más rápido que pude el cuaderno y traté de actuar lo más normal posible.

—Hola, Sara —compuse una media sonrisa, aunque ya notaba el calor subiendo por mis orejas —. Vaya incordio la lluvia, ¿eh?

Ella arqueó una ceja al verme. No debió dárseme muy bien lo de actuar normal.

—Desde luego —se sentó a mi lado, esbozando una sonrisa pícara —. Estás rarillo. Cuando me has mirado, parecía que habías visto a Nosferatu. 

—¿Qué? —se me escapó una risilla nerviosa —Qué va, es sólo que no te esperaba verte por aquí.

—¿Es porque te da vergüenza que vea lo que estás dibujando hoy?

Mierda. Me tenía calado. Supongo que esa era la parte mala de haber estado unos meses hablando.

—No, no, para nada —intenté sonar serio pero por la carcajada que pegó, creo que no lo conseguí del todo —. Bueno, un poco sí.

—Ya me había dado cuenta, tranquilo —sus ojos me estudiaron de pies a cabeza —. Si es que estás más rojo que un tomate. Pensaba que después de tanto vernos se te habría quitado la vergüenza.

¿Qué debía hacer? Por un lado, si veía que la estaba dibujando a ella, pensaría que me gustaba, y muchas veces eso no sienta bien, sobre todo si venía de una amistad. Lo que fuera que ella sintiera por mí se me hacía todo un misterio, y había aprendido que era mejor no tentar a la suerte. Pero por otro, podría decirle que había empezado a hacer retratos, inventarme cualquier cosa para que no pensara cosas raras de mí.

—«Que sea lo que Dios quiera» —dije a mis adentros —Tranquila, que estaba bromeando —le tendí el cuaderno aparentando una seguridad que ni yo mismo me creía —. Puedes echarle un vistazo, aunque tampoco es lo mejor que he hecho.

Ella pasó las páginas al tiempo que me miraba con una ceja levantada. Era como si me estuviese diciendo sin palabras que no me creía. Me arrimé un poco a su hombro para mirar los dibujos junto a ella. En aquel día frío y gris, agradecí el calor que desprendía su cuerpo.

Entonces, llegó a la página del retrato de ella. En ese momento, lamenté mi escaso talento como artista, puesto que me quedé muy lejos de reflejar lo hermosa que era. Al mismo tiempo, noté cómo a Sara se le detuvo la respiración. Sus ojos profundos, ojipláticos, no apartaban la vista del boceto. ¿Era eso bueno o malo?

—¿Te gusta? —le di un toquecito en el hombro, para romper el hielo.

Sara palpó con las puntas de sus dedos el papel. Parecía querer analizarlo con el tacto.

—Manu, eh… —dijo sin desviar su mirada del dibujo —Está increíble.

—¿En serio? —aquello sí que me dejó estupefacto.

De repente, volvió esos ojos avellana que tanto me gustaban hacia mí. Me sentía vulnerable cuando hacía eso. Pero lo que más me sorprendió fue el rubor que se había extendido por sus mejillas.

No sabía que ella pudiera estar todavía más hermosa.

—¡Claro! —exclamó con esa sonrisa radiante que tanto le caracterizaba —Quiero decir, nunca había visto que hicieras a una persona y creo que te ha quedado muy bien.

—¿Pero no te importa que te haya usado de modelo sin tu consentimiento?

Por la risita que soltó, entendí que no era el único que se había puesto nervioso por la situación.

—No, la verdad que no —volvió a mirar el dibujo —. De hecho, creo que en parte me siento honrada de que me hayas elegido a mí. Aunque creo que me has hecho un poco más guapa de lo que soy en realidad, pillín.

¿Cómo decirle lo que pensaba sin soltar alguna babosada tipo «Oh, cariño, si tú supieras»?

—Bueno, yo me he limitado a escoger a la chica más guapa que tenía a la vista. 

Por la expresión que mostró al escuchar eso, supe que le había sentado bien. Incluso mejor de lo que yo esperaba.

Se hizo recurrente eso de que la dibujara. Paraba cualquier cosa que estuviera haciendo en cuanto la tenía a la vista. A ella no parecía importarle, incluso nos dirigíamos miradas cómplices desde la distancia, a sabiendas de lo que yo hacía. Llegó un punto en el que, sin siquiera verla, podía componer de memoria la forma de su nariz, la profundidad de sus ojos o hasta las ondulaciones de su pelo. Incluso mi subconsciente parecía habérsela aprendido, puesto que ya habían sido varias las noches en las que soñaba con ella. Durante esos sueños, descubrí que precisamente no quería sólo una amistad con Sara. Era la primera vez que me pasaba algo así en la vida y no sabía si estar emocionado o aterrorizado. 

El calor a medio día se manifestaba como un aviso de que el fin de curso estaba a la vuelta de la esquina. En mi condenada timidez, no me había atrevido a confesarme a Sara en todas las oportunidades que tuve. Ella parecía cada vez más receptiva conmigo, compartiendo chistes, sueños, aspiraciones e incluso preocupaciones que tenía en su vida. ¿Hasta qué punto se le cuenta tanto a alguien que sólo es tu amigo? 

El último día de clases llegó. El sol abrasador me obligó a moverme del lugar que habituaba frecuentar para sentarme bajo la copa de un roble. La sombra que proporcionaban sus hojas era un remedio que pocos conocían para defenderse de las altas temperaturas. Allí, me dediqué a dibujar la corteza del tronco del árbol. Era un trabajo arduo y exasperante detallar cada quebradura de la madera, pero estaba dispuesto a desarrollar mis habilidades en el arte del realismo. 

—Hola, Manuel —escuché la voz de ella. Aunque cada vez pasara más tiempo conmigo, todavía su timbre musical hacía que mi corazón brincase emocionado.

Su figura bajo la sombra del roble era incluso más bella que de costumbre. Su pelo color obsidiana, iluminado por los hilitos de luz que traspasaban las hojas, brillaba como el mismísimo cielo. Su expresión y ojos alegres se veían incluso más radiantes con el contraste del uniforme, ensombrecido por el árbol. 

Para mí, era perfecta.

—Te estaba esperando —solté sin pensar demasiado, lo que la dejó visiblemente sorprendida.

—¿Y eso? —dijo mientras se situaba a mi lado y le echaba un ojo al dibujo del tronco.

—Oh, ya sabes —me mantuve un momento en silencio, con la intención de decir algo que no quedara raro —. Como es el último día, el profesor lleva toda la mañana poniéndonos películas y ya estaba un poco cansado. Me apetecía mucho más verte a ti.

El rubor en sus mejillas me hizo pensar que igual me había pasado un poco.

—En mi clase hemos hecho lo mismo. A nosotros nos han puesto Emilia Pérez —puso los ojos en blanco en señal de disgusto.

—Uf, eso sí que es duro. Lo siento mucho por todos vosotros.

Reímos a la vez, aunque no sabía si tomarme a buenas lo de que hubiese cambiado de tema. La veía bastante nerviosa aquel día, cabizbaja y evitando mirarme a los ojos. Fruncí el ceño, extrañado. Siempre había mostrado mucha complicidad conmigo y aquello se me hacía muy raro.

—Oye, ¿estás bien? —pregunté mientras acariciaba su mano, tan suave y fina. 

—Sí, sí —respondió con una sonrisa, algo forzada para mi gusto —. Es sólo que he estado pensado sobre una cosa y, en fin… 

—Pero algo te pasa —me atreví a tomarla de la mano, lo cual la hizo mirarme sorprendida —. Te conozco lo suficiente como para saber cuándo estás bien y cuándo no.

—Es que tengo algo que decirte —declaró con voz firme y la mirada fija en mis labios.

—«Ay, Dios» —pensé con el corazón martilleando mi pecho —Puedes contarme lo que sea, Sara. De hecho, yo también tenía algo que decirte —agarré más fuerte su mano.

—Mira, es que tenía que decirte que… Te…

El maldito timbre que marcaba el fin del recreo sonó por todo el patio, y ella se quedó a medio terminar la frase. Juré en ese momento que rompería aquel cacharro del infierno.

—¡Vaya! —exclamó perpleja y se levantó de golpe —¿Hoy ha sonado antes de tiempo o es cosa mía?

—¿Qué? —la decepción se notaba hasta en el tono de mi voz —N-No lo sé, pero ¿qué tenías que decirme?

—¡Nada! —dijo ya cuando estaba demasiado lejos, de vuelta a su clase —Ya te lo contaré cuando quedemos este verano.

Respondí con un simple «Vale», empuñando el lápiz y con mi libreta bajo el brazo. Me quedé allí parado mientras la veía marchar, decepcionado porque no me había atrevido a decirle nada y cabreado porque el timbre había interrumpido ese momento que tanto anhelaba. Casi parecía que se me había agotado la suerte que llevaba teniendo esos meses. 

¿Y sobre lo de quedar en verano? Sobra decir que eso no había ocurrido. Pasé demasiadas horas mirando la calle desde la ventana de mi habitación, con la esperanza de que algún día Sara pasara por allí y poder preguntarle si todavía quería que nos viéramos. 

Pero eso no quitó que la mañana de vuelta a clases se me hiciera un poquito más luminosa cuando la volví a ver. Estaba frente a la enorme puerta de hierro del instituto, todavía cerrada a cal y canto. Miraba de forma asidua el reloj en su muñeca, con lo que deduje que esperaba la hora de entrada. 

No estaba dispuesto a pasar por lo mismo otra vez. Y por eso me acerqué.

—Buenos días, Sarita —me acerqué por su espalda, y cuando dio media vuelta, vi desprender de sus ojos la luz que tanto había añorado —. Has estado muy ocupada este verano, ¿no?

Ella se quedó patidifusa, como si no supiera encontrar las palabras que decirme.

—H-Hola, Manuel —saludó con la mano —. Bueno, un poco ocupada sí que he estado. Me quedó Inglés, no sé si te lo llegué a decir.

—No lo sabía —respondí con sinceridad —. Si me hubieras dicho algo, habría ido encantado a echarte una mano a tu casa. No se me da nada mal la lengua de Shakespeare.

Intenté que se riera con ese comentario, pero parecía ser que no le había hecho particular gracia.

—Muchas gracias, Manuel —esbozó una media sonrisa —, pero ya me ha ayudado otra persona para preparar el examen de recuperación. Al final, aprobé.

—¡Me alegro mucho!

Sara no respondió. Había algo en ella que me preocupaba. Estaba incluso más fría que la última vez que nos vimos. También la notaba muy seca, con aquello de haber rechazado mi ayuda. Normalmente tenía una personalidad muy amable, y ese comportamiento no era propio de ella. Me imaginaba que habría ido a una academia, o algo así.

Pero no tuve que preguntarme mucho más quién le había ayudado, porque de un momento a otro apareció Pablo, quien la agarró por los hombros y le dio un casto beso en el pelo. Ella pareció complacida con ese gesto. 

Había pasado un verano completo y ese tío seguía teniendo la misma cara de gilipollas que siempre. De hecho, aquel día lo vi más feo que nunca. Me fijé en que le había salido la pelusilla en el bigote, cosa que me repugnaba.

Él en sí mismo era la repugnancia hecha persona.

—No sabía que ya estabas por aquí, amor —le dijo él en tono cariñoso y volvió su mirada hacia mí —. Vaya, y también has llegado tú, ¿eh? ¿Qué tal el veranito? ¿Te has divertido?

Por mucho que lo intentase, sus palabras no iban a intimidarme.

Otra vez no.

—Pues sí, la verdad —mentí mientras me cruzaba de brazos en gesto seguro —. He seguido trabajando en mi arte. Ahora estoy aprendiendo a usar el carboncillo y las acuarelas.

Pablo chasqueó la lengua y con un movimiento apartó a Sara para situarse frente a mí. De cerca, era incluso más asqueroso de lo que imaginaba.

—Mira, imbécil —habló en un tono más bajo, para que sólo yo pudiera escucharlo —. Sé que estás reventado porque ella me ha elegido a mí y te ha dejado todo el verano solo y aburrido con tus dibujos de niño pequeño. Pero no te lo tomes personal. Igual habrías sido tú si le hubiera quedado Historia del Arte.

Se dio media vuelta y cogió a Sara por los hombros. Antes de que ambos se marcharan, Pablo se despidió con un gesto demasiado amistoso con la mano y una sonrisa forzada. Los vi alejarse esperando a que Sara me dirigiera aunque fuera una mirada. Trataba desesperadamente de buscar una señal que me indicara que no estaba de acuerdo con la actitud de su ¿novio? Para ser sincero, eso no me importaba. Lo único que quería saber era que ella no se había unido a aquel cobarde que me había jodido durante tanto tiempo. 

El principio del curso fue agonizante.

Los recreos se me hacían eternos, porque aunque nadie viniese a molestarme, echaba en falta la presencia de Sara. Además, cuando la veía, siempre iba acompañada de Pablo. No quería ser malpensado, pero me daba la sensación de que, cuando sabían que estaba atento a lo que ellos hacían, se mostraban aún más cariñosos que de normal. 

Y yo me preguntaba ¿qué le veía a ese ser del inframundo? No era el más guapo, ni siquiera el más listo, y ni mucho menos era gracioso. Era el típico acosador acomplejado que se reía de cualquiera que tuviera por delante. Lo peor de todo es que me tocaba también soportarlo durante las clases, en donde estaba acompañado por sus dos amiguísimos Álex y Ricardo. No se había visto un peor grupo de tres desde la Triple Alianza. 

Un día, nos tocaba Matemáticas, que sin ser mi asignatura preferida, intentaba prestar atención a las explicaciones del profesor. El problema era que este hombre tartamudeaba cada dos por tres, lo que lo convertía en un objeto de burla para esta gentuza. Durante un examen, Pablo se dedicó a preguntarle las cosas más obvias a todo volumen imitando su forma de hablar. No sabía si me daba más asco lo que hacía él o que algunos compañeros míos le rieran la gracia frente al mismo profesor.

Aquella situación se estaba convirtiendo en una cosa inaguantable. Yo tenía en muy buena estima a Sara, así que ¿qué rayos estaba haciendo con aquel tipo? ¿En qué universo iba a preferir a alguien como él cuando me tenía a mí, que si hacía falta me arrodillaba a sus pies? Lo que todavía estaba dando vueltas en mi cabeza era el último día de clases, cuando parecía que iba a confesar lo que sentía por mí. ¿O eran ilusiones mías? Ya hasta dudaba de mi propia sombra. Me estaba volviendo loco.

Hubo una mañana en la que llegaba tarde. Mi despertador había decidido tomarse el día libre y tuve que salir corriendo con el desayuno todavía a medio tragar. Aquel día, llegué a la puerta del instituto al mismo tiempo que Sara. Estaba sola, así que decidí que era mi oportunidad para hablar con ella.

—¡H-Hola Sara! —saludé jadeante, ya que para acercarme tuve que dar un pequeño sprint.

Ella, para mi sorpresa, volvió a dirigirme una de sus sonrisas.

—Buenos días, Manuel —dijo al tiempo que desaceleraba su paso, para ir al mismo ritmo que yo —. Qué raro verte a estas horas. ¿Has llegado tarde?

—Justo —solté una pequeña risa para aligerar la tensión —. Oye, te quería comentar una cosa. ¿Te pasa algo conmigo?

Una ráfaga de viento sopló en medio del patio. Movió su cabello negro brillante lo suficiente como para tapar su boca.

—¿A mí? —habló, perpleja —No me pasa nada, tranquilo. Lo único es que estoy algo estresada por los trabajos y exámenes que nos ponen, pero nada serio. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, es que ya no te acercas a mí en los descansos.

Ella me miró con una ceja levantada, como si le sorprendiera muchísimo aquello que estaba diciendo. Como si eso no hubiese sido lo que había pasado durante meses. 

—Puede ser, pero es que prefiero pasar el tiempo libre con Pablo. Llevamos desde el verano saliendo y sólo nos podemos ver ese rato entre semana. 

Aunque ya me lo imaginaba, no pude evitar sentir cómo algo dentro de mí se hacía añicos.

—¿Estás saliendo con él? —pregunté con una expresión de asco en la cara que ni intenté disimular —No te pega nada.

—Bueno, se suele decir que los polos opuestos se atraen, ¿no? —sonó tan convencida que incluso me pregunté si le habían lavado el cerebro.

—No me refiero a eso. Me refiero a que tú sabes que él se ha comportado como un idiota conmigo durante muchos años. Por el amor de Dios, si el día que nos conocimos fue porque me defendiste de él cuando intentó quemar mi cuaderno de dibujos.

Sara pegó un resoplido demasiado largo.

—Ya sé que no os lleváis bien, Manuel —dijo en un tono serio —. Pero lo que tú no puedes hacer es decirme qué decisiones debo tomar en mi vida. Eso es muy tóxico de tu parte, ¿no crees?

—¿Cómo? —pregunté, atónito —¿Me estás vacilando? Ya no es que me lleve más o menos bien con él, la cuestión es que es un maldito acosador y no te va a hacer bien. Es del tipo de persona que la va liando por la vida y envenena lo que toca. Él sí que es tóxico, no yo.

Sara subió el ritmo de sus pasos, llegando muy rápido a la puerta de su clase.

—Mira, Manuel —se atrevió a mirarme a la cara por primera vez desde hacía un rato —. Él se ha portado bien conmigo, eso es lo único que me importa. Si de verdad es como tú dices, ya me tocará verlo a mí cuando llegue el momento. Por ahora, estoy bien con él y me trata como merezco, así que no necesito a nadie para que me aconseje sobre lo que debo y no debo hacer con mi vida. Hasta luego.

Y entró a su clase, dejándome aún peor de lo que estaba. 

Los días se arrastraban lentos y  pesados, como las cadenas que lleva un preso. No podía dejar de pensar en aquella conversación que tanto me había dolido. 

En ningún universo me imaginaba que Sara pudiese tomar parte de aquello que hacían Pablo y sus amigos. Me sentía traicionado, humillado y vendido. Es cierto que ella y yo no habíamos sido nada más que una amistad, y quizás tampoco hubiese llegado a nada más, pero la agonía que azotaba mi interior era más real que cualquier otra. 

Quería creer que, en verdad, ella no pensaba así. Quería creer que todo había sido cosa de su novio, que probablemente se había dedicado a verter mierda sobre mí para alejarnos el uno del otro. Pero cuando los veía por el patio pegados como lapas, una vocecilla dentro de mi cabeza me susurraba: «Deja de mentirte a ti mismo. La Sara que conociste ya no está ahí. Y si alguna vez sintió algo por ti, ese algo se ha extinguido como una hoguera que ha perdido todo su calor». 

Qué injusticia.

Necesitaba dejar de lamentarme. Volví a mis dibujos, a bocetar los árboles, los cuervos en las ventanas y a contar los minutos para que se acabara el día, que cada vez se me hacían más largos. Me hubiese gustado haber desaparecido de la faz de la Tierra si con eso lograba escapar de aquella realidad en la que estaba secuestrado y torturado. 

Porque ni olvidándome de ellos lograba ahuyentar a ese demonio.

Pablo se me acercó un día de invierno. Al verlo, no pude evitar sentir asco. Su forma de caminar en sí ya me parecía repulsiva. Con las manos en los bolsillos y el pecho hinchado, desprendía unos aires de superioridad que sólo me hacían entrever lo inseguro que se sentía por dentro. Desconfiaba de cada parte de su ser.

—Hace un muy buen día, ¿verdad que sí? —preguntó de pie frente a mí. Al estar sentado, me tapaba el Sol.

—Muy bueno —dije, desinteresado. Seguí trazando un boceto de la fachada de uno de los edificios —. ¿Qué pasa? ¿Hoy Sara no ha querido acompañarte?

—Se ha quedado en su casa. Ha pillado una gripe, idiota —respondió con condescendencia —. ¿No lo sabías? ¿O es que ya ha dejado de hablarte?

Lo que suponía se me hizo más factible. Aquel novio suyo estaba manipulándola completamente, porque si no, no me explicaba nada.

—Dile de mi parte que descanse bien hasta que se recupere —ignoré sus comentarios mientras trabajaba en las sombras del dibujo.

Pablo respondió con una leve risa.

—A ver, chavalín. Siento mucho que estés así —lo miré desconfiado —¿O qué coño? No lo siento. 

—Eso ya me cuadra más por tu parte —hablé molesto pero no sorprendido.

—No, no lo siento. Porque tú me hiciste quedar en ridículo ante todos mis amigos aquel día. Tú —me señaló con el dedo —, que estás en el escalafón más bajo de este instituto. Que todo el mundo comenta sobre ti basura porque eso es lo que eres, basura. A nadie le caes bien y todo el que se junta contigo, sale escopeteado. No siento que te joda lo de que me haya quedado con ella. Tienes que entender que este partido lo he ganado yo. Quizás tú ganaste la primera parte, pero yo he remontado y he ganado el torneo. Y la copa es mía. Jódete, Manuel.

Apreté los dientes, intentando controlarme para no soltar ningún improperio.

Pero había llegado a mi límite. 

—Creía no poder tenerte en peor estima, pero eso es porque apenas había hablado contigo —me levanté, enfrentándome a él por primera vez en mucho tiempo —. Ya veo que por cada palabra que ladras, te hundes más en la miseria que eres. Es asqueroso cómo puedes comparar ganar un partido de fútbol con estar con ella, y eso me hace pensar que eres un desastre en todas las relaciones que te propones. No había conocido ser tan misógino y tan irrespetuoso. Pero tú me das igual, ¿sabes? Por quien realmente me siento mal es por Sara, porque estando a tu lado va a sufrir muchísimo. Dile de mi parte que ha cometido uno de los peores errores de su vida. O no se lo digas —me encogí de hombros —. Me da igual.

Pablo se quedó por un momento muy quieto, sin apartar la vista de mí. No obstante, a los pocos segundos empezó a descojonarse tan fuerte que varias personas en el patio se quedaron mirándonos. Era la risa de un ser despreciable, del payaso de un circo de terror. De repente, se puso muy serio y me inmovilizó contra la pared. Aún así, no flaqueé y seguí manteniéndole ese duelo de miradas. 

—Mira, amigo —susurró en tono desafiante—: no te lo tengas tan creído. Aquí el que manda soy yo. Pero como veo que con palabras no lo vas a entender, te reto. Mañana nos vemos antes de entrar a la clase en los baños de la primera planta. A ver quién tiene razón. ¿Te parece bien?

Por muy amenazador que pareciera y aunque tuviese mejor físico que yo, estaba decidido a callar a ese asqueroso para siempre.

—Acepto.

Era la mañana del día siguiente. El reloj de mi muñeca me indicaba que todavía quedaban 10 minutos para empezar la primera clase. Yo llevaba en los baños desde hacía media hora. Estaba impaciente, dando vueltas en círculo por toda la habitación. Me miraba al espejo asiduamente para comprobar lo bien que me veía aquel día. La corbata roja del uniforme atada y bien atada, el pelo negro cepillado como se merecía, la camisa sin una sola arruga. Aquel era uno de los días más importantes de mi vida.

El sonido de unos pasos irrumpió en mis oídos. Acechaban como una leona que acecha a su presa.

Sólo que esa vez el cazador iba a ser cazado.

Pablo entró en el baño como si aquello no fuera con él. 

—Buenos días —saludó con gesto amistoso mientras dejaba su mochila en el suelo —. ¿Cómo estás hoy?

—Mejor que nunca —imité su mismo gesto al quitarme la mochila, con una amplia sonrisa en la cara.

Pablo se remangó la camisa e hizo crujir sus nudillos.

—Me alegro mucho —dijo caminando hacia mí con paso lento —. Ayer le conté a Sara la pequeña charla que tuvimos. Dice que la mejor decisión que ha tomado en su vida es haberse alejado de ti. 

—¿Alguna vez en tu vida has dicho la verdad? —entrecerré los ojos, hastiado por sus palabras.

—Ahora mismo lo voy a hacer: te odio.

La vena se le hinchó tanto que parecía que iba a explotar. Dio un par de zancadas hacia mí y levantó el puño, que se dirigía con rapidez a mi cabeza. Sus ojos marrones irradiaban ira, rencor, desprecio. Todo aquello que sentía por mí lo cegaba.

Y yo ya había previsto eso.

Con rapidez, saqué de mi manga un bolígrafo que llevaba oculto y sin titubear, se lo clavé en el costado. Pablo se paralizó como yo hacía unos meses. Sus brazos cayeron, pero en su mirada todavía veía vida. Saqué la punta de mi arma improvisada y volví a introducírsela en el cuello, con la mala suerte de que la tinta del bolígrafo se corrió. La mezcla de azul y rojo brotaba de sus heridas y encharcaba todo lo que se entrometía en su paso: su pelo dorado, la camisa blanca y las baldosas del baño. El suelo se estaba convirtiendo en un mar de sangre.

—Yo por ti no siento nada —susurré dejando caer su cuerpo.

Pablo comenzó a convulsionar. De su boca entreabierta empezó a salir espuma, probablemente por la reacción que había hecho la tinta en su interior. 

A los pocos segundos, el cadáver dejó de moverse. Pablo parecía tan vulnerable en esa postura… Aquello provocó que una sonrisa sincera apareciera en mis labios después de mucho tiempo. Era tan bonito ver aquello que mis instintos se avivaron. No podía permitir que esa escena se perdiera en mi memoria. Cogí mi mochila, sin importarme mancharla de sangre, y agarré mi libreta.

Con lápiz en mano, comencé a bosquejar la imagen frente a mí.






Comentarios

  1. Me quedé de piedra. El final se veía venir, pero la ejecución... Uf! Joyita!

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  2. Quedé loquisimo. Maestra

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  3. Muy bueno Evita. Solo espero que, tras su gran hazaña en el aseo, consiguiera a la chica. Toda buena obra merece su recompensa 🤣
    Silvia (madrina literaria)

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  4. Un corto fascinante sin duda, me encanta la introspección que tiene tu narración. Un relato que te deja sin palabras

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