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El tema que hoy venimos a tratar me toca muy de cerca, y es que a pesar de haber superado ya esa etapa del instituto y entrar en la universidad, en muchas ocasiones mis clases de Periodismo han parecido un repaso de principio de curso para niños de primero de la ESO.
Hacía tiempo que no citaba a un autor importante en estos lares, así que, para retomar esta bonita tradición, hoy cito al gran Albert Einstein:
"Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana".
¡Oh, Albert, señor! Allá donde estés, quisiera decirte que clavaste esta afirmación. Cuando todavía era un pobre cachorro humano me negaba a creerlo; creía que todos éramos válidos en el mundo y todos teníamos algo que aportar, pero me equivoqué, he de reconocerlo. A lo largo de mi vida he visto cosas y cosas, algunas que os dejarán con la mandíbula en Estepona de lo absurdas que pueden llegar a ser. Pero hay un trauma en específico que sobrepasa los niveles de los otros. Podríamos decir que juega en una liga diferente y ese es mi trauma con los profesores universitarios.
¿Por qué este espécimen de docente y no otro? Veréis, yo ya estudié bastante en el instituto. De hecho, podría decir que los años en los que más me impliqué con mi carrera académica fueron los de bachiller, en los que me pasaba el día estudiando, aprendí a tocar la guitarra y (de milagro) tuve vida social. Todavía no sé ni cómo lo hice. Pues durante esa etapa me formé lo suficiente para estar a la altura de mis compañeros y mis profesores llegada ya a un grado universitario, pero lo que encontré ahí fue algo que no esperaba.
Todo se remonta a primero de carrera, donde las asignaturas que estudiaba no coincidían con lo que yo tenía en la cabeza sobre el periodismo. Empresa, Historia, Lengua española... Yo no entendía por qué había vuelto a cuarto de la ESO ni por qué estaba escuchando a profesores contándome por enésima vez la Revolución Francesa. Fueron curiosas las clases de Historia cuanto menos: la profesora se dedicaba a leer un Powerpoint extremadamente esquemático donde se limitaba a decir cosas como: "La Guerra Civil española comenzó en julio de 1936, duró tres años y supuso la pérdida de más de 300.000 españoles". En la universidad. ¿Entendéis a qué me refiero?
Pero el mayor trauma que me llevo de primero fue Lengua. La asignatura en concreto se llamaba "Lengua Española para los Medios de Comunicación Social" y oye, en primera instancia no me parecía nada mal. Si quiero ser periodista, lo menos que puedo hacer es utilizar adecuadamente mi puto idioma. Pues allí llegué yo el primer día con una sonrisa en la cara, me senté en mi pupitre y empecé a escuchar a la profesora. Un par de sesiones más tarde, obvió todo el temario que debía impartirnos y se dedicó a organizar una serie de debates con cuestiones tan interesantes como que si el lenguaje vulgar era mejor que el culto o si los acentos eran idiomas. La desesperación que me producía aquello estaba fuera de los límites conocidos y por conocer.
Me acuerdo que una vez la señora argumentó que las faltas de ortografía no estaban mal y que es todo una construcción social y no sé qué mierda más. Pues fue tal el nerviosismo que me producía aquello que le pregunté a la profesora que si podía coger la tiza y explicarlo en la pizarra y puse el siguiente ejemplo: "en inglés, se te ocurriría escribir "maked" en lugar de "made"? Pues no, porque "make" es un verbo irregular y por lo tanto se conjuga de manera diferente a "play", por ejemplo". Y a pesar de yo tener la razón y decir cosas con más sentido que la que supuestamente sabía del tema, me lo negó por la putísima cara.
Por suerte o por desgracia, esta profesora se quedó más o menos hasta mitad del cuatrimestre, y luego vino un chico que se acababa de graduar y estaba en prácticas dando clases de Lengua. ¿Qué deciros de este chaval? Bueno, pues que al menos empezó el tema y a dar los Powerpoints en clase, pero los leía como la otra señora que os comenté antes. Supongo que es algo típico en la universidad. Pero lo más doloroso para mí fue el contenido de estos Powerpoints. Clases sobre cómo utilizar el punto, amigos, o las reglas básicas de ortografía. Eso me lo aprendí a fuego cuando tenía 8 años.
Yo no quiero dármelas de prepotente, ni egoísta, ni de chula, pero yo ya había publicado un libro y sabía de sobra lo que me estaba contando esa persona. Así que llegó un punto en el que pasé de ir a esas clases. Es importante que sepáis que yo iba y venía en autobús desde Cartagena hasta Murcia (2 horas en total todos los días) y cuando me sentaba a escuchar esas clases, sentía que estaba perdiendo el tiempo como nadie, aparte de robarme una energía que no estaba dispuesta a perder.
Aún habiéndome perdido prácticamente la mitad de las clases de esa pseudoasignatura, llegué al examen y acabé sacando un 9 en la nota final. ¿Clases de universidad? Más bien como clases de mierda.
Pero hace poco volvió a ocurrirme algo que me hizo perder años de vida. En estos últimos tiempos he tenido una paciencia considerable con determinadas cuestiones que me han pasado en la carrera: un profesor que no sabía usar el aula virtual y suspendió a tres cuartos de la clase por un error informático, otro que era antropólogo y nos enseñaba sociología, profesores mandándonos trabajos absurdos... Pero hace poco llegó una profesora jovencita y que en principio me caía genial y me gustaban mucho sus clases, hasta que algo ocurrió y toda su dinámica de las clases cambió.
Recuerdo que me encantaban los profesores jóvenes, porque los veía con ganas de trabajar, de enseñarnos, que además conectarían más con nuestros gustos y aspiraciones, pero creo que ahora prefiero a alguien mayor que sepa hacer las cosas como deben ser. Todo se debe a que esta chica tan mona y tan joven ha hecho perder mi fe en los nuevos docentes. Resulta que esta persona nos enseña ética periodística, pero en cada una de sus clases ve buena idea lanzar alguna pregunta filosófica que nos lleven a reflexionar un poco. Como idea, está muy bien, pero en la práctica lo único que provoca son debates entre los compañeros, todos saltándose los turnos de palabra y la profesora siendo incapaz de moderar a sus alumnos.
Además, la tía cogió el día del 8 de marzo empezó la clase felicitándonos a todas las mujeres de la clase por el día de la mujer. ¿Qué cojones? ¿A qué se debe eso? Es un día para seguir luchando y reivindicando nuestra posición y derechos, no para estar muy contentas dando dos besos a cada mujer que vemos por la calle. Al rato, la señora empezó a hablar de lenguaje inclusivo no sé ni por qué y se volvió a armar el jaleo en clase debatiendo en torno a un tema aburrido y monótono como es el lenguaje inclusivo.
La semana siguiente, nos avisó que los temas que veríamos a continuación eran más filosóficos y literalmente sus palabras fueron: "os recomiendo que vengáis aquí con un quintito para que tengáis la mente abierta". Profesora, yo no me voy a tomar un quintito para venir a tus clases. Preferiría un chupito de lejía o, qué coño, ¡la botella entera de lejía! Adjunto imagen de lo que me voy a beber antes de pisar ese aula:
Una recomendación para el Ministerio de Educación del Gobierno de España: meted en el dinero de las becas el gasto en lejía, os lo agradecería.
Bueno, pues dicho esto, creo que es momento de dejar aquí esta entrada. Espero que os hayan gustado mis desventuras en la Universidad y que al menos os hayan entretenido. Cuando tenga nuevas cosas que contaros, dad por hecho que llegaré aquí y escribiré otro artículo sobre ello.
Deseadme suerte para todo lo que aún está por venir y sin más que decir, nos vemos en la próxima entrada.
Hasta luego!
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